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Gabriela Mistral, poeta de la Pachamama

Esta es ella, esta es su voz, estas las ráfagas de sus sentires:



Sol del trópico
Sol de los Incas, sol de los Mayas, maduro sol americano, sol en que mayas y quichés reconocieron y adoraron, y en el que viejos aimaraes como el ámbar fueron quemados. Faisán rojo cuando levantas y cuando medias, faisán blanco, sol pintador y tatuador de casta de hombre y de leopardo. Sol de montañas y de valles, de los abismos y los llanos, Rafael de las marchas nuestras, lebrel de oro de nuestros pasos, por toda tierra y todo mar santo y seña de mis hermanos. Si nos perdemos, que nos busquen en unos limos abrasados, donde existe el árbol del pan y                  padece el árbol del bálsamo.




Piececitos

La preocupación social era común en la intelectualidad latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. Más aun en Gabriela Mistral, quien además de poeta fue una educadora insigne, y colaboró con el diseño educativo de su país y con el de México.

En este poema, Mistral se pasea por la mirada compasiva hacia los niños pobres y abandonados de los que sus piececitos, pequeños y desnudos, son imagen. La poeta se pregunta cómo es posible que nadie los note, que nadie haga nada por ellos...



Piececitos de niño,  azulosos de frío,  ¡cómo os ven y no os cubren,  Dios mío!  ¡Piececitos heridos  por los guijarros todos,  ultrajados de nieves  y lodos!  El hombre ciego ignora  que por donde pasáis,  una flor de luz viva  dejáis;  que allí donde ponéis  la plantita sangrante,  el nardo nace más  fragante.  Sed, puesto que marcháis  por los caminos rectos,  heroicos como sois  perfectos.  Piececitos de niño,  dos joyitas sufrientes,  ¡cómo pasan sin veros  las gentes!



Yo canto lo que tú amabas

En este poema, la poeta recurre a la voz como imagen de un itinerario de pistas que el sujeto amado debe seguir para encontrarla. La voz es ella misma, la presencia. Hacer sonar su voz, sus cantos, y poner en ella la memoria de las cosas amadas por el otro, es el camino seguro para el reencuentro. La enamorada espera a que este rastro vocal, este hálito sonoro que es el canto, sea el eco de sirenas que atrae al navegante.



Yo canto lo que tú amabas, vida mía,  por si te acercas y escuchas, vida mía,  por si te acuerdas del mundo que viviste,  al atardecer yo canto, sombra mía.  Yo no quiero enmudecer, vida mía.  ¿Cómo sin mi grito fiel me hallarías?  ¿Cuál señal, cuál me declara, vida mía?  Soy la misma que fue tuya, vida mía.  Ni lenta ni trascordada ni perdida.  Acude al anochecer, vida mía;  ven recordando un canto, vida mía,  si la canción reconoces de aprendida  y si mi nombre recuerdas todavía.  Te espero sin plazo ni tiempo.  No temas noche, neblina ni aguacero.  Acude con sendero o sin sendero.  Llámame a donde tú eres, alma mía,  y marcha recto hacia mí, compañero.



Caricia

Gabriela Mistral escribió una serie de poemas con evocación infantil, inspirados en la labor docente que por años realizó. Mistral evoca en este la imagen de la madre y sus caricias de protección absoluta. En los brazos de la madre el niño yace seguro, tranquilo.



Madre, madre, tú me besas,  pero yo te beso más,  y el enjambre de mis besos  no te deja ni mirar...  Si la abeja se entra al lirio,  no se siente su aletear.  Cuando escondes a tu hijito  ni se le oye respirar...  Yo te miro, yo te miro  sin cansarme de mirar,  y qué lindo niño veo  a tus ojos asomar...  El estanque copia todo  lo que tú mirando estás;  pero tú en las niñas tienes  a tu hijo y nada más.  Los ojitos que me diste  me los tengo de gastar  en seguirte por los valles,  por el cielo y por el mar...
HoLoN PoéTiKo

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